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Aruba, una isla feliz

A dos horas de viaje en avión desde Colombia se encuentra Aruba, la isla de las playas más hermosas y la gente más amable del Caribe. Con las mejores aguas marinas para el buceo, una alegre vida nocturna, excelente oferta hotelera y exquisitos restaurantes, también es un destino donde el visitante puede darse el lujo de no hacer nada.

En el norte de la isla de Aruba, a eso de las cinco de la tarde el Sol y la Luna se encuentran de frente. Mientras se “miran” con parsimonia y la paciencia de dos viejos amigos, él se desvanece y ella comienza a ascender. Sólo por apreciar esa maravilla del firmamento vale la pena visitar Aruba.

Y también porque esa maravilla define a Aruba, país de equilibrios y de cálidos extremos donde se disfruta lo mejor del Caribe y Europa. Como no ocurre en ningún otro lugar en la vastedad del océano Atlántico, se amalgaman la cultura del mar y sus efluvios alegres, espontáneos, con lo más amable y exclusivo del mundo europeo. Es un destino sólo comparable con la isla de La laguna azul, la película en la que se desnudó Brooke Shields, y con la civilidad alcanzada por países como Noruega o Suiza.

El símil no es una exageración porque en treinta kilómetros de largo y nueve en su punto más ancho, conviven 110.000 felices arubanos con genes de otras 94 nacionalidades, que habitan la isla de forma pacífica, al manso vaivén de una brisa que jamás se torna en huracán. Nada les preocupa. De piel ambarina por el sol, con acento de arrullo y espíritu vigoroso y conocedor de varios países, el arubano promedio puede hablar hasta cuatro idiomas –entre ellos el español– y ha estudiado una profesión, por lo general vinculada con el turismo o con las ciencias afines a la economía de servicios. Y es un excelente anfitrión.

Otro prodigio lo constituyen la topografía y la vegetación. Consideradas entre las más hermosas, las playas blancas del suroccidente son cobijadas por mansas olas del mar como mantas azules. La costa noreste es escarpada y agreste; y en cambio el interior es desértico y lo forman milenarias rocas y pacíficos cactus.

El verano eligió a Aruba para sus manifestaciones más frescas. La temperatura promedio es de 28 grados centígrados. Casi todo el tiempo es seco y sólo hay pequeñas lloviznas en los meses de noviembre y diciembre. Las bocanadas del viento son tan inofensivas que su mayor audacia ha sido esculpir el tallo de los graciosos árboles de divi-divi –símbolo del país– para que crezcan inclinados hacia el suroeste y las perezosas ramas se inclinen hacia el suelo.
Aruba cosmopolita
España colonizó Aruba durante un poco más de cien años a partir de 1499. En 1636 llegó el dominio de los Países Bajos por casi dos centurias. En 1805, durante las Guerras Napoleónicas, los ingleses tomaron la isla, y en 1816 la retomaron los holandeses. Pero mucho antes, cuatro milenios atrás, aparecieron los primeros nativos procedentes de Suramérica, que tres mil años después fueron acompañados por inquilinos de la tribu arawak, expertos en cultivos. La descendencia de estos últimos recibió a los españoles en el siglo XV.

Aruba formó parte oficial de las Antillas Holandesas en 1848, vivió la fiebre del oro durante la segunda mitad del siglo XIX, y en 1924 a dicha prosperidad se sumó la apertura de la más grande refinería petrolera del momento, la Standard Oil. En 1986 ganó su autonomía del Reino de los Países Bajos. Fueron casi ciento cincuenta años que estamparon una marca propia, diferente de otras islas colindantes porque la fijaron en el eje del comercio, la industria y la moda.

El ambiente oscila entre la exuberancia latina, el glamour europeo y la calidez caribeña, y goza de cierto aire mundano y cosmopolita. La arquitectura provee ventiladas viviendas de amplios espacios, preciosos detalles de madera y techos de tonos pastel. Y el cielo siempre azul, siempre despejado, presenta atardeceres de almíbar que al caer la noche empiezan a tachonarse con el fulgor de las estrellas.

Por estos motivos, luminarias como Juanes, el ex futbolista Johan Cruyff o princesas de la realeza europea llegan a Aruba para apartarse de los flashes de los paparazzi y perderse entre las calles adoquinadas de Oranjestead, la capital, y acaso ir de compras a refinadas tiendas de ropa o de perfumes, leer una novela en la playa o saborear una fría Balashi, la cerveza oficial de Aruba.

Mauricio Rios
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